El velador se enciende…, la luz no llega
Escuché en alguna oportunidad que hay tres tareas imposibles: gobernar, educar y curar. No sé que habrá de cierto en esas afirmaciones, pero la realidad –esa dama tozuda y libertaria que siempre hace algo diferente de lo que dicen que hará- parece empeñarse en demostrarlas.
En el contexto de la imposibilidad de educar, y contradiciéndola, encuentro prácticas educativas que me sorprenden por su significatividad y por el esfuerzo de anónimos maestros y profesores que logran que sus ideas germinen y se desarrollen en un terreno tan árido como es el de la escuela actual.
Otras, me asustan.
Aclaración Liminar
Para no desviar el sentido de estas líneas ni entrar en una polémica estéril, enfatizo: Mi intención es describir una realidad de la escuela actual que busca reflexiones antes que culpables. Personalmente, al último lugar donde iría a reclamar responsabilidades es a la escuela. Pero la realidad concreta está allí y como tengo oportunidad de hacerlo, la expongo.
En ocasión de visitar algunas escuelas de EGB 1 y 2, en todos los casos fue lugar obligado visitar la exposición de los trabajos que hacen los chicos en Tecnología. Allí encontré paneras, cajitas, pequeños tapices, barriletes, autitos, y en un caso que me llamó mucho la atención, por el énfasis puesto en la fundamentación que hacía la docente..., veladores;“Porque en sexto, a los chicos ya le enseñamos electricidad”.
Impulsada por su maestra, la ingenua vocecita expuso con gesto solemne: "compramos el portalámpara, el interruptor, los cables, la pantalla, usamos una botella como soporte y..., fabricamos el velador". Me enteré más tarde que, “además de conocer los fenómenos del fluido eléctrico(sic), los chicos tuvieron la oportunidad de aprender a reparar un enchufe”.
Quedé maravillizado (como diría Charly García), a los diez años, además de enterarse que existe la energía eléctrica, nuestros alumnos aprendieron a reparar enchufes. Pregunté si esto daba lugar a titulaciones suplementarias, pero no obtuve respuesta precisa. Lo que si quedó claro es que “...Tecnología es un problema..., los chicos no traen los elementos para trabajar y los padres se quejan por lo que tienen que comprar...” Y también que “... a los padres hay que mostrarles algo porque de otro modo no entienden que hacen los chicos en Tecnología”... Por lo que pude apreciar entonces, los problemas para la enseñanza de la Tecnología en la EGB, están centrados en los elementos a comprar y en que los padres no entienden que se hace alíl.

Aunque los someta a debate, estoy en condición de hacer un par de afirmaciones: el capítulo (titulo lamentable si los hay) de Tecnología de los CBC no ha sido pensado para hacer veladores.
La Educación Tecnológica (concepto bien diferenciado de la Tecnología), si bien supone un saber hacer, procura reflexionar sobre ese hacer antes que repetir sus rutinas de acción.
Releyendo a Ramón Queraltó en Ética, tecnología y valores en la sociedad global, me pregunté de qué forma la construcción de veladores sería un aporte a la Racionalidad Tecnológica que Don Ramón vislumbra como organizador social para el futuro. Estimo que mis limitaciones me impiden hallar una respuesta medianamente coherente. Transcribo entonces algunos párrafos del libro en la esperanza de que alguno de los que visitan la página me ayude a echar “luz” sobre la cuestión…
“…el hecho tecnológico, es uno de los factores configurantes de la realidad social contemporánea, será necesario preguntarse por su significación dentro de la crisis de la Modernidad. Un paralelismo con la ciencia ayudará a entender la situación. Sabido es por todos que, al comienzo de la Modernidad, la ciencia ocupó el lugar primordial en la formación de la racionalidad moderna y también, de forma más progresiva, en la vida social y política. Las causas históricas de este hecho son diversas y no es éste el sitio oportuno para analizarlas.
Señalaremos solamente que, en sentido general, la ciencia llegó a ocupar este puesto porque su programa cognoscitivo y sus contenidos epistemológicos colmaban —o así, al menos, se creía— las necesidades gnoseológicas del pensamiento en aquel tiempo, las cuales, a su vez, respondían a las necesidades antropológicas, sociales y culturales de la época. Entre ellas quizás la más importante fue el dominio de la realidad en beneficio del hombre. El sentido de éste como protagonista de la historia, dueño de la naturaleza y autor de su destino, son algunos de los rasgos fundamentales, históricos y sociales, que han acompañado el proceso de instauración de la ciencia moderna.
Pues bien, ¿se podría tentar un modo similar de interpretación para comprender la posición de la tecnología en la sociedad contemporánea? ¿Puede trazarse un paralelismo entre la situación y relevancia de la tecnología actualmente y las correspondientes a la ciencia en el desarrollo de la Modernidad, de tal manera que su ejemplo histórico pueda darnos algunas claves interesantes?
Antes que nada ha de señalarse que al menos una precondición está ya dada completamente, es decir, el hecho de la presencia definitiva de la tecnología en nuestro mundo. Así como la ciencia, en el tiempo de su instauración histórica, «no podía sino avanzar», la tecnología se difunde cada vez más en nuestro universo, siendo éste un proceso ya sin retorno, o sea, una situación parangonable sin dificultad a la de la ciencia en sus comienzos históricos reconocidos. Es más, como es conocido, los fallos técnicos en la vida actual hallan siempre su solución no en el rechazo de la actividad tecnológica, sino todo lo contrario, en el desarrollo de investigaciones técnicas más complicadas y complejas, es decir, los problemas técnicos se resuelven siempre utilizando más técnica todavía. Se encuentra así una primera semejanza entre la situación de la tecnología hoy día y la de la ciencia ayer; y esta situación de «proporcionalidad histórica», aun pareciendo muy simple, va a constituir una de las claves para entender la significación actual de la tecnología.
Si la presencia tecnológica no fuera una característica cada vez más extendida y si su causa esencial no tuviera que ver con la estructura interna del fenómeno técnico, el paralelismo aludido no tendría objeto. Pero precisamente porque la técnica, como antes la ciencia, en cuanto fenómeno global no puede sino avanzar, es necesario considerar la posibilidad de que pueda cumplir la función histórica que la ciencia desarrolló durante los siglos precedentes. Y, en consecuencia, que la técnica configure y determine el tipo de racionalidad característica de un universo tecnológico.
El hecho de que nuestro entorno sea un mundo tecnológico constituye, por así decirlo, la condición de posibilidad de una racionalidad tecnológica que posea una importancia social e histórica parangonable a la de la racionalidad científica (…) La razón moderna, dicho sintéticamente, poseía dos fines básicos, uno teorético y otro pragmático. El primero era la investigación del objeto según sus rasgos cuantitativos expresables matemáticamente y contrastables empíricamente, y alcanzar así un tipo de verdad «científica»; el segundo consistía en la dominación de la naturaleza en beneficio de la vida humana, de tal manera que la relación hombre-realidad se convirtió en una relación dueño-siervo, que solamente en el último decenio ha comenzado a cambiar.
Ahora bien, este objetivo ha alcanzado límites insospechables tan sólo hace pocos años merced al desarrollo masivo de las aplicaciones tecnológicas. Resulta una evidencia indiscutida que el grado de dominio del hombre sobre las cosas se ha ensanchado hasta el máximo gracias a la tecnología. Por eso, el instrumento más eficaz para alcanzar el fin pragmático de la racionalidad moderna es finalmente la tecnología. (…) Pero, con todo, no terminan aquí los motivos que hacen posible el relieve especial de una racionalidad tecnológica en nuestra época. Pues hay que señalar que la tecnología presenta al hombre contemporáneo un programa epistemológico, o sea, la actividad técnica, en actual complejidad, implica un modo racional de acceso a la realidad. (…) en el mundo actual, la presencia de lo técnico se ha convertido en una necesidad social para el desenvolvimiento de la existencia humana (…) este programa cognoscitivo de la racionalidad tecnológica no comporta el rechazo de la actividad teorética de la razón, lo que sería algo imposible y absurdo, pues la racionalidad tecnológica necesita también de la indagación teórica. Lo que se está indicando es que se produce una inversión del orden —clásico— hasta ahora aceptado generalmente acerca de los objetivos del conocimiento, del orden hasta ahora considerado «natural», en el cual el puesto primordial está ocupado por el fin teorético, es decir, por la consecución de la verdad sobre el objeto.
En su lugar, en la inversión que trae consigo la racionalidad tecnológica, el puesto principal lo ocupa el fin pragmático, la consecución práctica de los fines técnicos del objeto. (…) Así, la investigación teórica obtiene su puesto no a causa de su relevancia intrínseca sino más bien a causa de su relación eficaz con los fines prácticos (…) en el mundo clásico griego no se dudaba de hecho del puesto primordial de la theoria en ninguno de los casos posibles de aplicación de la razón, pero ahora es justamente eso lo que parece ocurrir en función del modelo epistemológico traído por la racionalidad tecnológica (…) la tendencia natural de un fenómeno tal es sustituir progresivamente cualquier otro tipo diverso de acceso racional al mundo por este modelo, pues existe una razón histórica muy importante para justificar esta actitud: es que el modelo descrito responde a la necesidad de dominación de la realidad, cada vez más profunda y justificable en el mundo actual, deseada por el hombre contemporáneo; o, dicho con otras palabras, el programa cognoscitivo indicado es la traducción epistemológica de la máxima eficacia buscada en la configuración de la organización social.
Pero hay algo más. Y es la posibilidad, hoy ya bastante desarrollada, de que los fines pragmáticos de la investigación racional desplacen de su puesto preeminente a los fines teoréticos, convirtiéndose en los fines primarios de la razón en su relación cognoscitiva con lo real. Esta situación no es de ningún modo una situación de ciencia-ficción. En realidad, se observan tantas huellas de un estado de cosas semejante que ignorar tal posibilidad significaría casi ignorar la evidencia.
Pero estas afirmaciones apuntan justamente a otro problema característico de la crisis de final de siglo, que constituye, a su vez, una de las causas más relevantes de la crisis misma y una de las razones definitivas para comprender por qué la racionalidad tecnológica, tomada como elemento histórico general, no puede sino avanzar en el mundo contemporáneo. De hecho, se trata de una cuestión capital que ha destruido hasta un cierto nivel el programa epistemológico de la Modernidad: el rechazo en la práctica del concepto de verdad".
Extractado de: Queraltó Ramón. (2003). Ética, tecnología y valores en la sociedad global. Ed. Tecnos. Madrid.
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