Siempre el silencio, dentro de los huesos.
Siempre la condición última, de escuchar ese acorde que me exima del infierno.
Siempre buscando esas cuerdas vocales que digan por mí lo que yo no puedo decir.
Siempre al unísono, con la muerte y la vida.
Siempre al vacío, saltando y volviendo a caer.
No querer reconocer en los ojos ajenos, la felicidad en un vuelta de ruleta.
No querer irse, ni quedarse, ni perder, ni ganar.
Quizás, en los barros de la niñez tampoco era feliz.
Riéndo es como me quiero morir.
Escuchando el disco de Cerati, di con una excelente frase, que resume algunas de las sensaciones que me embargan a diario, que me detienen, que me empujan que me condicionan.
"Lo terrible del mar es morir de sed"
"No me dió las gracias, es un maleducado"
"Quizás no se dió cuenta"
"¿Cómo no se va a dar cuenta, no me las dió porque es un mal agradecido"
"Bueno, y porque no se lo dijiste y aclarabas la situación"
"¿Que te pensás que soy yo?"
"No sé, una persona que quiere ser feliz, algo así?"
"No hagas chistes. Si el no se dió cuenta es que no le importa"
"Pero ¿no puede ser que se le haya pasado?"
"No y no"
Conclusión: Cuanto menos favores se pide menor es la posibilidad de que, por un descuido, alguien se enoje con uno.